QUIZÁ PORQUE MI NIÑEZ SIGUE JUGANDO EN TU PLAYA

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NOVEDADES

QUIZÁ PORQUE MI NIÑEZ SIGUE JUGANDO EN TU PLAYA

QUIZÁ PORQUE MI NIÑEZ SIGUE JUGANDO EN TU PLAYA

 Solo necesitaba un cubo y una pala para que mi día en la playa fuera mágico. Cuando mi madre gritaba eso de: “poneos el bañador que nos vamos a la playa” yo sabía que iba a ser un gran día.

Aún recuerdo las peleas con mi madre porque todos queríamos ir descalzos (como los mayores). “Te vas a pinchar”, decía mientras nos poníamos las cangrejeras de mala gana. Y es que, pese a que vivíamos en el mediterráneo todo el año, para nosotros  ir a la playa también era sinónimo de diversión. Éramos niños.

            

Recuerdo cuando a 100 metros de la orilla corríamos mientras nos íbamos quitando la ropa por el camino. El punto de partida lo iniciaba mi hermano cuando decía: “¡¡¡tonto el último!!!”.

Y así empezaba todo.

Lo de la crema protectora factor 50, efecto mouse, no graso, que no manchaba el bañador y soportaba el baño, no era algo importante a tener en cuenta. El aftersun sí, sobre todo cuando se te pelaba la nariz después de una buena dosis de rayos UVA (aún, hoy en día, cuando me echo aftersun , el olor es capaz de transpórtame a los 5 años).

Cuando eres niño el agua nunca, nunca y nunca está fría. Por eso nos tirábamos de cabeza nada más pisar la orilla y así empezaban los chapuzones , haciendo el pino una y otra vez hasta que tragabas agua (o se te metía por la nariz). Y las manos y los pies se nos arrugaban “como viejitos”

 ¿Os acordáis del Coleman azul? ¡Cómo olvidarlo! En nuestra casa, mi padre nos lo encasquetaba a mis hermanos y a mi, y…...pobre del que, sin querer, manchara el grifo con arena. ¡Parecíamos náufragos cuya única fuente de agua pura era ese bidón azul!

      

 

Otra gran preocupación esos días de playa era que el muro del castillo de arena  tuviera la altura y consistencia suficiente para que el agua no lo tirara. Porque podíamos pasarnos horas construyendo edificios perfectos. El toque femenino lo daba yo cuando alicataba la fachada con pequeñas conchitas que iba encontrando en la orilla.

Una de las playas preferidas de mi familia era La Algameca, una playa militar en Cartagena donde pasábamos horas y horas divirtiéndonos y si el día estaba generoso, nos compraban un Colajet en un puesto de chambis. Nada más refrescante que ese sabor a Coca Cola con algo de chocolate (para mi gusto demasiado escaso).

    

 

Aún recuerdo cuando mi madre nos daba melocotón pelado que traía desde casa para esos momentos de “mamá tengo hambre”. Por aquel entonces lo de los chiringuitos solo se veía en la revista ""Hola" en zonas como Marbella. Nosotros no teníamos de eso, pero tampoco lo necesitábamos porque ya se ocupaba mi madre. No había trozo de melocotón que no cayera y se llenara de arena, pero eso no era un problema. Se lavaba en la orilla de la playa y a la boca. El sabor del melocotón lavado con agua de mar y crujiente por algún grano de arena que no había conseguido quitar, era también un momento muy de mis días de playa. 

Mi madre ponía el grito en el cielo cuando nos pillaba subidos en las rocas tirándonos al agua desde casi 5 metros de altura, con mi amiga Elisa, el loco de Quiquín o los Ladriñán. Por eso, ir a las rocas con mis hermanos es uno de mis recuerdos preferidos por el riesgo máximo que suponía. Ya se ocupaba mi madre de decirnos 3 millones de veces que tuviéramos cuidado con las caídas. Y caídas había, pero sin lágrimas. ¡Cualquiera avisaba de que había algún codo arañado! Te arriesgabas a que no te dejaran volver.

     

 

Otro día nos equipábamos con cubos y gafas de buceo, pero no para bucear. Las gafas de buceo eran nuestro arma secreta de pesca , que funcionaban como barrera entre las rocas de la orilla. Finalmente, las quisquillas caían en nuestra trampa. Nos sentíamos como Cousteau.

Cuando volvías a la silla de tu madre con el cubo lleno de quisquillas y algún cangrejo que otro, sentías que podías conseguir cualquier cosa.  Luego, vaciábamos el cubo en la orilla para poder tener pesca al día siguiente. Y es que ya empezaba a tener claro que la playa y su ecosistema había que cuidarlos.

Han pasado muchos años desde aquellos días de playa y todo ha cambiado (por desgracia). Ahora, soy yo la que lleva melocotón para mis hijos, pese a que las playas están llenas de chiringuitos.

Mi Mediterráneo está lleno de recuerdos. De maravillosos momentos, por eso, quiero que mis hijos puedan crear sus propios recuerdos de sus días de verano, pero en los últimos años, veo que las playas no se están cuidando como se merecen. ¿Qué recuerdos queremos que tengan nuestros hijos de sus días de playa? ¿Playas llenas de basura y colillas de cigarros? En los últimos años, las playas se llenan de mercenarios que se olvidan que el mar (y sus playas) hay que cuidarlas.

Lo estamos viendo. El mar empieza a sufrir mientras que mucha gente mira a otro lado indiferente. Por eso, desde Pequeña Moma, queremos aportar nuestro granito de arena para ayudar a que la playa esté limpia. En nuestras tiendas Pequeña Moma te regalamos un cenicero portátil de lo más “Moma” ¡¡Hazte ya con el tuyo!!


      

Porque … ¿Qué tipo de recuerdos quieres dejar? Recuerda que una sociedad se define no solo por lo que crea, sino por lo que se niega a destruir. Y yo, mientras, creo que mi niñez sigue jugando en tu playa.

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